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No habrá violines pero tampoco dramas: bienvenida a la soledad que se elige y disfruta (sin quedarse metida en casa)

Mujer y bienestar


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La soledad elegida es el nuevo poder femenino porque en este siglo la mujer ya puede dormir en diagonal y decidir sobre su vida sin necesidad de anillo, compromisos o destino compartido. Optar por vivir sola no significa encerrarse ni quedarse atrás a nivel social. Al contrario, puede ser el camino más rápido a una existencia plena, empoderada y de auténtico privilegio.


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Durante más tiempo del que nos habría gustado que pasara, se enseñó a las mujeres que lo interesante de la vida empezaba cuando aparecía “él”. Sin boda, no había final feliz. Lo dejó escrito con toda la ironía la maravillosa Jane Austen en Orgullo y Prejuicio, cuando dijo que “es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una gran fortuna está necesitado de esposa”. Lo que no decía la frase, pero se sobrentendía, era que en ese escenario el rival más débil era claramente la mujer. Ella sí que estaba necesitada. Doscientos años después, afortunadamente, el panorama ha cambiado.

En pleno siglo XXI, la soledad elegida se ve como una forma de empoderamiento femenino. Con independencia económica, y ajenas a las obsoletas convenciones sociales, cada vez más mujeres deciden vivir a su aire, sin pareja estable. La soledad elegida, desde un nuevo enfoque, no es la salida digna a no haber encontrado a nadie, sino el camino elegido ante una opción mejor: seguir el propio ritmo. La propia agenda, las propias decisiones, los propios deseos y objetivos. Esto, lejos de ser una tragedia griega puede mutar en la mejor de las comedias románticas, siempre y cuando el romance sea entre tú y tus sueños.

Soledad elegida: no es lo mismo estar sola que sentirse sola

Aquí conviene hacer una distinción fundamental: cuando se habla de soledad, hay que saber que no todas las formas de solitud son iguales. Cuando no es voluntaria, puede doler, aislar o invisibilizar a quien la sufre. La soledad no elegida puede llegar tras una ruptura, una mudanza a otro país o ciudad, una pérdida, una enfermedad. En ese caso, aunque con trabajo se pueda mutar en deseada, precisa siempre de un proceso de adaptación. En su libro La soledad elegida. Herramientas para transformar la soledad en una oportunidad para vivir mejor (Urano Colombia, 2024) Emily Atallah aborda cómo pasar de una soledad que duele a una soledad que se puede elegir y vivir como una fuente de crecimiento. La autora desafía la narrativa dominante de que estar sola es negativo y propone convertirlo en una oportunidad para el desarrollo personal y la plenitud interior.

Para empezar, puede ser una vía increíble para el autodescubrimiento y para dar un nuevo sentido a la vida: “La soledad no es simplemente un estado en el que te encuentras, sino una elección poderosa cuando se comprende y se aborda de forma consciente”, explica e invita a la lectora a cambiar las creencias que tenemos sobre la soledad, cuestionar las narrativas sociales sobre estar siempre conectados y aprender herramientas prácticas que ella misma propone.

Bien entendida, la solitud puede ser una increíble fuente de bienestar. Y en este punto cabe introducir un matiz importante: vivir sola no es vivir aislada. De hecho, es justo lo contrario. Ya hemos hablado aquí varias veces de que la Organización Mundial de la Salud insiste en que las relaciones sociales son uno de los pilares de la salud. Y tiene razón. Por eso, la soledad elegida no puede convertirse en un desaparecer del mapa, cancelar amistades y tal. Al revés: se puede aprovechar para tejer unas redes sociales –fuera de Internet, por supuesto- que sean ricas y variadas y seguir fomentando las amistades sólidas y los lazos familiares, siempre y cuando sean relaciones sanas y enriquecedoras. Elegir mejor los vínculos, no forzarlos pero sí cuidarlos. Todo ello, mientras se mantiene la preciada independencia. No suena mal, ¿verdad?

Cuatro estrategias para una soledad elegida bien vivida

¿Cómo se convierte la soledad elegida en una fuente de bienestar y no en un refugio triste? Aquí van algunas claves.

1. Cultivar una vida interior

Aprende a escucharte: Lee, escribe, reflexiona, caminar sin auriculares, abúrrete un poco. En un mundo hiperconectado, el silencio es un lujo y solo a través de él sabrás transformar la soledad en un plan de lo que quieres realmente, de lo que te importa y te mueve.

2. Convertir las aficiones en territorio propio

¿Qué te gusta hacer? Pintar, hacer running, cerámica, bailar, coleccionar vinilos, rescatar perros… Las aficiones son una parte fundamental de la propia identidad. Muchas mujeres cuando estamos en pareja aparcamos nuestras pasiones. Es el momento de recuperarlas sin esperar a ponerse de acuerdo con nadie.

3. Participar en la comunidad

Darse a los demás es una de las formas más increíbles de autocuidado. Apúntate a un club de lectura, participa en las asociaciones vecinales, haz voluntariado, métete en un centro deportivo. Vivir sola no es vivir encerrada. Al contrario: sal y elige tu tribu.

4. Reescribir el relato social

Éste es, quizá, el paso más importante: deja de justificarte. Cuando te pregunten: ¿y tú para cuándo? Responde: estoy en ello. No estás en una fase, esto no es la sala de espera. Es la soledad elegida y es lo que te hace feliz. Recuerda: no estás renunciando. Amor propio, amistad, proyectos, comunidad, libertad. Esto sí que es un final feliz.

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