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Maternidad y suelo pélvico
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Creo que ya os conté en mi presentación que fui madre tardía. Cuando tienes una hija con 38 tacos, después de un aborto, tu perspectiva de la maternidad cambia un


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Maternidad y suelo pélvico

Creo que ya os conté en mi presentación que fui madre tardía. Cuando tienes una hija con 38 tacos, después de un aborto, tu perspectiva de la maternidad cambia un poco. No os voy a decir que la caca te huele a rosas, pero casi. Yo me fui a preparar para el parto a un sitio estupendo, pero lleno de pijas. ¡Qué pena que no tuviera yo entonces un blog, porque me habrían proporcionado entradas grandiosas! “No, yo es que tengo que parir el 25, porque el 31 tengo una reunión importantísima. Ya lo he programado con mi gine” (si supiérais quién dijo esta frase os caeríais muertas, pero soy una tumba). “Cuando dé a luz, le voy a decir a mi marido, que nada de diamantes, que me regale una enfermera un par de meses”. ¿Os creéis que es broma? A lo mejor os parece una idea genial, pero yo tengo una mentalidad mucho más proletaria, y considero que el contacto piel a piel con los bebés es fundamental, por muy molestos que puedan ser al principio…

Ingresé por mi propio pie un lunes, justo al día siguiente de salir de cuentas. Me habían dicho que pariría el fin de semana segurísimo, y que si, por alguna extraña circunstancia no fuera así, me presentara con mi kit básico de parturienta la mañana del lunes. Y allí que fui yo, con mi entonces santo, ahora ex, y el modelito exclusivo de bebé recién nacido (un mono de dálmata, que parecía más bien su primer disfraz). Mi ginecólogo tenía consulta a las cuatro y yo parí a menos cuarto, como debe ser… En fin, si no hubiera sido porque tenía un caso en la familia de un bebé que se retrasó y luego tuvo problemas, habría dejado todo seguir su curso, que creo que es lo mejor. Pero en ese momento yo estaba hiperhormonada, y eso unido a mi locura congénita me convirtió en una talibana del parto programado.

Salí del paritorio en mi cama, con mi bebé que olía a gloria bendita, y un costurón del quince en mi suelo pélvico (en realidad no era tan grande, pero me dio la impresión de que era infinito en ese momento). Al llegar a la habitación me preguntaron si quería que llevaran a la niña al “nido”. “No, gracias, prefiero tenerla aquí”. “¿No se fía de nosotros?” “Todo lo contrario, pero no quiero dormir como una reina y luego llegar a casa con una desconocida que no sé ni por qué llora. Si no os importa, me la quedo aquí y si pasa algo raro os llamo para que me contéis qué hacer”. Y así fue. La pobre no dio muchos problemas. Lloraba la primera noche, pero es que chupaba y chupaba y no sacaba nada, y teniendo en cuenta que ahora come como un sargento de caballería, me puedo imaginar el hambre que tenía. El tercer día subió la leche como un tsunami y nos fuimos a casa. La puse en su cunita, y a las seis horas fui a ver si respiraba, porque seguía durmiendo. He de reconocer que he tenido mucha suerte, por eso no he repetido. Hay gente que tiene niños divinos y dicen: “¡Cariño, vamos a por otro!”, y les llega la reencarnación de Satán. Pero ¿quién os manda meteros en camisas de once varas? ¿No os dáis cuenta de que no es muy probable que te toque dos veces el gordo de la lotería?

Cada niño es un mundo, y hay expertos que os pueden contar cómo hacerlo todo. En esta misma página tenéis un taller que os puede ayudar, pero desde mi experiencia como madre vocacional os puedo decir lo siguiente:

  • Cuando tienes tu primer hijo, es fundamental que le conozcas tú antes que toda la ciudad, así que restringid las visitas hasta que os sintáis con ganas. No pasa nada por ser borde, echadle la culpa a las hormonas (al final tienen la culpa de todo).
  • Mirad mucho al bebé, el cuerpo habla, y, por increíble que os parezca, al final entiendes cada uno de sus sonidos absurdos.
  • El bebé no tiene un termostato especial, si tú tienes frío, él tiene frío.  Si hace mucho que no come, tendrá hambre. Al fin y al cabo un bebé no es más que una persona, aunque muy pequeña, eso sí.

Disfrutadlo, ¡pasa tan deprisa!

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